Hubo un tiempo en el que la tecnología parecía magia. La primera vez que una página web cargó en casa. El primer correo recibido. El primer teléfono sin cables. Hoy la tecnología sigue avanzando, pero ya no provoca asombro. Se integra. Se asume. Se vuelve invisible.

Este cambio no es técnico. Es cultural. La innovación continúa, pero la capacidad de sorpresa se ha reducido. No porque no ocurran cosas nuevas, sino porque el ritmo es tan constante que nada permanece el tiempo suficiente para ser extraordinario.
De la fascinación al consumo automático
La tecnología pasó de ser descubrimiento a rutina. Abrimos aplicaciones sin pensarlo. Hablamos con asistentes de voz como quien enciende una luz. Compartimos archivos a miles de kilómetros sin detenernos a valorar el trayecto.
No es que se haya perdido la capacidad de admirar. Es que el acceso permanente convierte cualquier novedad en algo inmediatamente normalizado. La emoción inicial dura minutos. Después se integra en la lista de “cosas que funcionan”.
Esta normalización tiene una consecuencia silenciosa: se debilita la curiosidad tecnológica. Ya no preguntamos cómo ocurre, solo exigimos que ocurra. La comprensión cede espacio a la expectativa.
El precio de la comodidad
La tecnología que no sorprende es también la que menos cuestionamos. Si algo funciona sin esfuerzo, dejamos de preguntarnos qué implica. Dónde están los datos. Quién controla los procesos. Qué dependencia se genera.
Cuando la innovación se vuelve cotidiana, el pensamiento crítico se relaja. Y ahí es donde la comodidad se transforma en vulnerabilidad. No por catástrofes imaginarias, sino por simple delegación de control.
No se trata de rechazar avances. Se trata de recuperar cierta pausa. Preguntarse qué usamos, por qué y para qué. Volver a mirar la herramienta antes de asumirla como paisaje.
Redescubrir lo invisible
Quizá la tecnología no deba sorprender como antes. Quizá su éxito real sea justamente desaparecer en el fondo de nuestras acciones diarias. Pero en esa invisibilidad conviene mantener consciencia.
Detenerse un momento a pensar que una videollamada conecta continentes. Que un archivo viaja en segundos. Que una compra llega sin movernos. No para idealizarlo. Solo para recordar que seguimos habitando una época excepcional, aunque ya no lo parezca.
La tecnología no ha dejado de ser sorprendente. Somos nosotros quienes hemos dejado de mirarla.