El petróleo no solo alimentó motores. Redibujó fronteras, alteró alianzas y convirtió regiones periféricas en centros estratégicos capaces de condicionar decisiones globales durante décadas.

A comienzos del siglo XX, el carbón todavía dominaba la industria y la logística militar. Sin embargo, la transición energética hacia el petróleo transformó rápidamente la relación entre economía, guerra y política internacional. Lo que empezó como una mejora técnica terminó creando una dependencia estructural que ningún país industrializado pudo evitar.
Del combustible industrial al arma estratégica
La primera gran señal llegó antes incluso de la Primera Guerra Mundial. La marina británica, bajo la dirección de Winston Churchill como Primer Lord del Almirantazgo, decidió sustituir el carbón por petróleo para su flota. El cambio permitía mayor velocidad y autonomía, pero implicaba un problema nuevo: Reino Unido no tenía reservas propias suficientes.
Garantizar suministro dejó de ser una cuestión comercial para convertirse en prioridad de seguridad nacional.
Empresas privadas como Standard Oil o Royal Dutch Shell ampliaron su influencia más allá del mercado energético. Exploración, transporte y refino requerían inversiones enormes y acuerdos con gobiernos locales. El petróleo comenzó a conectar capital financiero y diplomacia exterior de manera directa.
Tras la caída del Imperio Otomano, Oriente Próximo adquirió una importancia inédita. Mandatos coloniales, concesiones petroleras y nuevas fronteras respondieron tanto a intereses estratégicos como a equilibrios políticos posteriores a la guerra. Irak, Irán o Arabia Saudí pasaron de regiones periféricas a piezas centrales del sistema energético emergente.
La Segunda Guerra Mundial confirmó definitivamente el cambio.
Alemania sufrió limitaciones severas por falta de acceso estable a combustible. Japón atacó Pearl Harbor tras el embargo petrolero estadounidense. Estados Unidos, con abundantes reservas internas y capacidad industrial, convirtió el suministro energético en una ventaja decisiva.
El petróleo dejó de ser una mercancía más. Era capacidad militar, movilidad económica y estabilidad interna.
Crisis energéticas y nuevo equilibrio global
Tras 1945, el crecimiento económico occidental descansó sobre energía barata y abundante. Automóviles, aviación comercial y expansión suburbana dependían de combustibles fósiles accesibles. Las grandes compañías petroleras occidentales dominaron producción y precios durante décadas.
Ese equilibrio se rompió en los años setenta.
En 1973, tras la guerra del Yom Kippur, varios países árabes miembros de la OPEP restringieron exportaciones hacia Estados que apoyaban a Israel. El embargo provocó escasez inmediata y una subida abrupta de precios. Gasolineras cerradas, racionamientos y recesión económica evidenciaron algo incómodo para las economías industrializadas: su prosperidad dependía de decisiones tomadas fuera de sus fronteras.
La inflación energética alteró políticas económicas enteras.
Gobiernos occidentales impulsaron eficiencia energética, reservas estratégicas y exploración en nuevas regiones como el Mar del Norte o Alaska. Japón aceleró innovación industrial para reducir consumo energético por unidad producida. Francia apostó por la energía nuclear como alternativa estructural.
Al mismo tiempo, países productores experimentaron transformaciones profundas. Algunos utilizaron los ingresos petroleros para modernización acelerada; otros quedaron atrapados en economías excesivamente dependientes de una sola materia prima, fenómeno que más tarde sería conocido como “maldición de los recursos”.
El petróleo también condicionó conflictos posteriores. La revolución iraní de 1979 volvió a sacudir los mercados. Las guerras del Golfo mostraron hasta qué punto el control de rutas energéticas seguía influyendo en decisiones militares internacionales.
Incluso cuando nuevas tecnologías y discursos sobre transición energética comenzaron a ganar peso en el siglo XXI, la infraestructura global —transporte marítimo, aviación o petroquímica— continuó ligada al crudo.
El siglo XX no puede entenderse sin esa transformación silenciosa. Más que sustituir una fuente energética por otra, el petróleo redefinió cómo se ejerce el poder en un mundo industrializado donde el acceso a la energía determina la capacidad de crecer, negociar o resistir presiones externas.