La crisis de 1929 no fue solo un desplome bursátil. Fue el punto de ruptura de un modelo económico que confundió crecimiento con estabilidad y crédito con riqueza permanente.

Durante años se ha reducido 1929 a la imagen repetida de corredores desesperados y gráficos en caída libre. Sin embargo, el colapso no comenzó en Wall Street ni terminó allí. Fue el resultado acumulado de decisiones políticas, innovaciones financieras mal comprendidas y una confianza colectiva que ignoró señales evidentes de fragilidad.
El crédito fácil y la ilusión de prosperidad
La década de 1920 en Estados Unidos representó una transformación económica acelerada. La producción industrial crecía, el consumo doméstico se expandía y la electrificación modificaba la vida cotidiana. Automóviles, electrodomésticos y radio entraban en millones de hogares. La sensación dominante era la de una prosperidad irreversible.
El motor oculto de ese crecimiento fue el crédito.
Comprar acciones “al margen” —con dinero prestado— permitió que pequeños inversores participaran en la bolsa sin capital suficiente. Bastaba aportar una fracción del valor real del título. Mientras los precios subían, el sistema parecía eficiente: las ganancias cubrían los préstamos y alimentaban nuevas compras.
Los bancos, por su parte, tampoco actuaban como freno. Muchos combinaban funciones comerciales e inversión especulativa, prestando dinero que acababa regresando al mercado bursátil. El sistema financiero dejó de servir a la economía productiva para alimentar su propia expansión.
Al mismo tiempo, la desigualdad aumentaba. La productividad industrial crecía más rápido que los salarios. La producción agrícola sufría sobreoferta y caída de precios desde mediados de la década. Bajo la superficie optimista coexistían sectores enteros incapaces de sostener el consumo que justificaba la expansión industrial.
El crecimiento dependía cada vez más de expectativas futuras, no de ingresos reales presentes.
Cuando la confianza se convirtió en el principal activo del sistema, cualquier duda podía resultar letal.
El efecto dominó global
El jueves 24 de octubre de 1929 comenzó el pánico visible, pero la caída no fue un accidente aislado. Durante semanas previas algunos inversores institucionales habían empezado a retirarse discretamente. La liquidez desapareció con rapidez.
La venta masiva obligó a ejecutar préstamos respaldados por acciones. Miles de inversores tuvieron que liquidar posiciones para cubrir deudas, acelerando el descenso. El mercado dejó de corregirse para empezar a derrumbarse.
El impacto inmediato fue psicológico, pero las consecuencias estructurales llegaron después.
Miles de bancos regionales estadounidenses quebraron entre 1930 y 1933. Sin un seguro federal de depósitos, los ahorradores retiraban su dinero ante el menor rumor. Cada retirada debilitaba aún más a las entidades restantes. El crédito se congeló.
Las empresas dejaron de invertir. El desempleo se disparó. El consumo cayó en espiral descendente.
El carácter internacional de la crisis se explica por otro elemento clave: las deudas de guerra europeas y el sistema financiero global construido tras la Primera Guerra Mundial. Europa dependía del capital estadounidense para reconstruirse y pagar obligaciones internacionales. Cuando ese flujo se detuvo, Alemania, Austria o Reino Unido enfrentaron tensiones bancarias propias.
El patrón oro agravó el problema. Los gobiernos priorizaron mantener la convertibilidad monetaria antes que estimular sus economías. La austeridad monetaria profundizó la deflación y convirtió una recesión severa en una depresión prolongada.
No fue hasta el abandono progresivo de ese sistema y la intervención estatal masiva —New Deal en Estados Unidos, políticas similares en otros países— cuando comenzó la recuperación.
1929 dejó algo más duradero que cifras de desempleo o empresas desaparecidas. Introdujo una pregunta incómoda en las economías modernas: hasta qué punto los mercados pueden autorregularse cuando el crédito, la psicología colectiva y la interconexión financiera avanzan más rápido que las normas destinadas a contenerlos.