Alicante, 27 mar (EFE).- Una de las odiseas más desgarradoras y simbólicas del exilio español, la del carguero «Stanbrook» que llevó a Argelia a más de 3.000 refugiados a pocos días del final de la Guerra Civil, cumple mañana 75 años sin que el tiempo haya borrado de la mente de los supervivientes el «miedo y la amargura» vividas.
En una entrevista con la Agencia EFE, dos hermanas que hicieron con sus padres ese dantesco viaje desde el puerto de Alicante, Helia y Alicia González Beltrán, han relatado que la inmensa mayoría estaban convencidos de que «en tres meses volverían a España». En el caso de esta familia ilicitana, les costó más de una década, algo que otros muchos ya no podrían hacer jamás.
Con motivo de la efeméride, Helia y Alicia participarán el próximo domingo en el descubrimiento de un monolito en recuerdo del Stanbrook y de los últimos republicanos en uno de los muelles de Alicante, una iniciativa impulsada por la Comisión Cívica para la Recuperación de la Memoria Histórica.
En los últimos días de la República, se hacinaban en el puerto entre 12.000 y 15.000 refugiados -según los historiadores- a la espera de barcos con los que escapar, pero los ansiados buques no llegaron y sólo una pequeña parte de estos españoles pudo emprender la huida a bordo de un viejo carbonero inglés, el Stanbrook.
A las 23 horas el 28 de marzo de 1939, el Stanbrook fue el penúltimo barco en salir de suelo republicano -el último fue el «Marítime» pero sólo con varias decenas de autoridades republicanas- gracias al arrojo de su capitán, Archibald Dickson, quien se arriesgó llenando la cubierta y bodega con miles de refugiados para navegar durante 22 horas a Orán por debajo de la línea de flotación y pese a la amenaza de la aviación y la flota enemigas.
«Íbamos tal cantidad de personas de pie que era como un caminar sin pasos porque el barco se movía mientras que todos dentro estábamos quietos», ha relatado Alicia González Beltrán, que esa fría noche tenía dos años y medio, y embarcó en brazos de su padre.
Su hermana, Helia, tenía 4 años y 3 meses pero la dureza de lo vivido hace que recuerde nítidamente esa jornada: «Al principio pensaba que nos íbamos de excursión pero luego no fue tan bonito, y el viaje fue muy agobiante, pasamos miedo, frío e inseguridad. Hay golpes que no se pasan nunca».
Uno de los instantes que mejor recuerda es cuando subió la pasarela de la mano de su madre y que al final había un salto hasta la cubierta, aunque el capitán Dickson la cogió en brazos, le dio un beso en la mejilla y la depositó «con mucho cariño».
Las dos hermanas destacan de este «verdadero héroe», que al poco murió por un torpedo alemán en la II Guerra Mundial, que tras salir de Alicante rumbo al sur argelino varió inesperadamente la dirección en sentido opuesto.
«En ese momento parecía que enfilaba a Baleares y la gente se asustó, gritó y muchos lanzaron al agua sus documentos porque creían que el capitán nos engañaba y nos llevaba a España de nuevo, pero en realidad nos desviaba porque sabía que la aviación italiana iba a bombardear por donde teníamos previsto pasar, y de esa forma este hombre nos volvió a salvar», ha relatado Alicia.
Tras llegar a Argelia, las hermanas recuerdan que su padre -que tras la muerte de Franco fundó Acción Republicana de Elche- escuchaba cada día con otros exiliados la BBC, Radio Pirenaica y Radio Paris con la esperanza de oír la noticia «de que había caído la dictadura y que se restauraba la república».
En el Stanbrook viajaba también José Escudero Bernícola, un abogado de Orihuela que había sido gobernador civil de la República en Salamanca, Zamora y Granada, y cuyo nieto, el periodista Francisco Escudero, ha estudiado a fondo ese viaje y ha escrito la novela «Pasajero 2.058», cuyo título hace referencia al número que hizo su ascendiente en el «pasaje».
Su abuelo tardó 11 años en regresar pero a las dos semanas escribió que el viaje fue «muy penoso» y que al llegar permanecieron recluidos 8 días hasta que desembarcaron, tiempo en el que vivieron «como borregos, unos encima de otros, sin comer apenas, con agua escasa», tras lo que fueron a un albergue que, comparado con el buque, le parecía «un sanatorio…».
«El Stanbrook ha quedado como un símbolo del exilio español por las circunstancias tan dramáticas en las que partió, por la amargura y total desesperación de las miles de personas que aguardaban en vano los barcos salvadores mientras se escuchaban los bombardeos con mortero», según Escudero.
Por Antonio Martín
