Madrid, 28 abr (EFE).- Sólo hay una manera de contar las historias más complejas: recurrir a la sencillez. Es la máxima que ha aplicado el director húngaro Janos Sazsz en la adaptación cinematográfica del best-seller «El gran cuaderno», un drama bélico centrado en las consecuencias de la guerra en la infancia.
«Queríamos encontrar una narración lo más sencilla posible, y que fuera el espectador quien descubriera su complejidad. La película cuenta cómo dos niños se convierten en bárbaros, algo realmente complejo», explica Szasz a Efe, coincidiendo con su estreno en España.
Hacía más de una década que el autor de «The Witman Boys» (1997) perseguía filmar la primera parte de la trilogía de Agota Kristof, que cuenta cómo, en el último año de la II Guerra Mundial, una madre desesperada lleva a sus hijos gemelos al campo a casa de una abuela alcohólica que se gana a pulso el apodo de «bruja».
Los dos hermanos, que hasta entonces habían tenido una vida fácil, se quedan solos con ella y poco a poco aprenden que sólo hay una forma de sobrevivir: endurecerse e ignorar las emociones, y de esa manera van anotando todo lo que les sucede en ese cuaderno que da título a la película.
Los derechos de la novela estuvieron reservados durante mucho tiempo, pero la película no se llegó a rodar y hace tres años, cuando quedaron libres, Szazs vio llegado su momento. «Fui un fiel amante», admite.
La novela de Kristof, traducida a más de 30 idiomas, planteaba dificultades, como que prácticamente cada frase comenzaba con un «nosotros», la voz de los gemelos.
«La solución la hallé junto con Christian Berger -director de Fotografía de Michael Haneke-. Decidimos filmar en cinemascope y mantener a los hermanos juntos en el mismo plano en el 99% de sus apariciones», detalla.
De Haneke también toma Szazs ciertos ecos de «La cinta blanca» y la voluntad de distanciarse del espectador. «Es algo que sientes al leer el libro, es muy frío en la superficie y muy emocional debajo», afirma.
Encontrar a la pareja protagonista tampoco fue una tarea fácil.
«Nos recorrimos todas las escuelas de Hungría, con tres o cuatro equipos de cásting trabajando a la vez, fue una auténtica historia detectivesca», relata el director.
Cuando por fin dio con András y László Gyémánt, la decisión fue rápida. Bastó una prueba de cámara y su mirada en silencio. La historia personal de esos dos chicos, sin llegar a los límites de los hermanos de la novela, también era dramática.
«Vivían en la pobreza, sólo con su madre y abandonados por el padre», apunta Szazs. «Cuando empecé a hablar con ellos y a tratar de transmitirles la dureza la vida y de la guerra, se rieron en mi cara. ‘Janos, sabemos muy bien lo dura que es la vida’, me dijeron».
En la vida real, la película acaba bien. «No podíamos devolverles a su situación previa, usarles y devolverles a la pobreza. Así que hallamos un colegio en Budapest para ellos, maravilloso. Están internos, salvo el fin de semana que vuelve a su casa, lo cual es importante para no perder sus raíces», asegura.
Más sombrío es el destino de los hermanos cinematográficos, aunque Szazs se queda, de momento, en el primer libro. «Estoy pensando en la posibilidad de continuar con el segundo, que sucede 4 o 5 años más tarde, pero aún no hay nada».
