Kassel (Alemania), 7 ago (dpa) – Máscaras exóticas, esposas, un látigo y otras herramientas sado-masoquistas: la planta baja de la filial de la cadena Orion en la ciudad alemana de Kassel es tal y como uno se imagina un “sex shop”, pero un piso más arriba la industria del erotismo muestra una cara muy diferente: más amigable, moderna y masiva.

Allí los estantes exhiben literatura erótica, artículos de humor sobre sexo y lubricantes que vienen en botes de aceite de coche, para aquellas parejas amantes de los automóviles. En cambio se ve muy poco cine porno en DVD; lo que llena las estanterías son vibradores futuristas de todos los colores y que se parecen más a una afeitadora o un masajeador para las arrugas de la cara.

En la radio suena James Blunt cuando se abre la puerta y entra el primer cliente, que saluda con normalidad. “Antes sí que había algunos que venían con gafas oscuras, sombrero y gabardina”, dice Jens Seipp, director de marketing de Orion Erotik, que tiene 147 locales en Alemania. Hoy en día todo es más abierto y vienen muchas mujeres y parejas. “Venir a comprar juntos se ha puesto de moda”, explica Seipp.

Sin embargo, el comercio de los “sex shops” tradicionales atraviesa tiempos difíciles, porque los clientes pueden comprar en Internet todo tipo de productos sin temor a encontrarse con el vecino en la tienda.

Sobre todo el negocio del porno ha cambiado. Hace 20 años muchas de estas tiendas hacían el 70 por ciento de la facturación con la venta y la exhibición en cabinas de películas, explica Uwe Kaltenberg, gerente de la Asociación Federal de Comercio Erótico (BEH). “Esto se ha invertido por completo”, señala, ya que hoy en día solo es un 30 por ciento.

Los servicios de streaming son la principal competencia. Los usuarios pueden ver películas porno sin salir de casa por un pago extra o con una suscripción. Es una competencia que el BEH considera justa, pero no así la de los portales gratuitos: “En nuestra opinión la gran desaparición de los clientes se debe a la oferta ilegal”, dice Kaltenberg, que critica que se puedan ver o descargar filmes sin ninguna protección para menores. “Los competidores que cumplen las leyes se ven perjudicados”, afirma.

Sin embargo, los esfuerzos por cerrar las páginas ilegales no suelen tener éxito porque son muy difíciles de llevar a cabo y fáciles de eludir.

Se desconoce el ritmo de crecimiento de los portales y tiendas de venta ilegales, porque no hay cifras, pero un indicio puede ser el número de miembros del BEH. “En los mejores tiempos hace 20 años eran 400, ahora son menos de 200”, dice Kaltenberg.

También los fabricantes notan el cambio hacia Internet. La empresa Fun Factory produce vibradores, dildos y bolas chinas. Antes se vendían a tiendas que las ofrecían en locales físicos y hacían envíos. “En los últimos años esto ha cambiado mucho, muchos negocios online han cerrado”, dice una portavoz.

Incluso grandes del sector como la tienda alemana de artículos sexuales por excelencia, Beate Uhse AG, se declaró insolvente a finales de 2017. Ahora está intentando un relanzamiento con un nuevo nombre, “be you”. Orion trabaja con franquicias que entrega a comerciantes independientes y con locales alquilados y su facturación ronda los 50 millones de euros. Además tiene una empresa independiente de venta online.

En vez de apostar por el porno, Orion lo hace por los juguetes sexuales. “El tema de los juguetes ha ido creciendo”, dice Seipp, y añade que en vez de consoladores baratos de Asia la gente prefiere productos de calidad. La principal línea de la firma cuesta entre 130 y 180 euros (150-210 dólares).

Y desde el éxito del libro y la película de “50 sombras de Grey” también se venden más látigos. “El fetiche ha salido de su nicho tabú”, señala Seipp. Hay también algunas tendencias que no se explican ni siquiera los propios vendedores, como “la demanda sin igual” que existe desde hace casi un año de los aparatos masturbatorios para hombres.

Por Göran Gehlen (dpa)