París, 9 dic (EFE).- Habitual de Cannes e inquilino frecuente del Pompidou, Jaime Rosales, el más francés de los cineastas españoles, estrena mañana en París «Hermosa Juventud», un relato de la crisis que, avisa en una entrevista con Efe, «ahuyenta a los políticos».
Referencia de una generación agrupada bajo la figura fundacional de José Luis Guerín, Rosales (Barcelona, 1970) prosigue con su quinto trabajo una singular exploración estética que ahora rastrea el «estado de las cosas» de un país en fuga. O esa España que quiere ser Alemania.
Lo hace con una película política -«el cine que nos concierne a todos», dice- en torno a una pareja que, cercada por la crisis, rueda pornografía mientras especula con emigrar a Hamburgo; la crónica de un naufragio que también es el «intento de volver a una senda menos radical».
«Después de ‘La Soledad’ -que obtuvo el Goya a mejor película y dirección en 2008- di un giro hacia la radicalidad que me alejó del publico», confiesa el catalán, frecuente, sin embargo, en los medalleros de la crítica internacional.
Y a los jóvenes, que debían reconocerse en la pantalla, no les gustó. Cuenta Rosales cómo decidió proyectar «Hermosa juventud» en varias facultades y, al término de los pases, recibió una reacción fulminante: «Me decían que era demasiado pesimista, que no tenían ganas de ver algo así».
Seguramente porque resulta doloroso ver -o peor, ni siquiera vislumbrarlo- un futuro que, en el guion, asume la forma de un embarazo adolescente, de una emigración «amarga» y, después de todo, humillante.
Es el mismo rechazo que, frente a los elogios de la crítica, experimentó una clase política nacional que «huía de una película que parecía abrasarles».
En Francia, en cambio, el cine de Rosales es un evento mayor que, empujado por el aplauso de Cannes, regresa regularmente desde su ópera prima, «Las horas del día», premiada en la Quincena de Realizadores en 2003.
«Estudié en el Liceo francés, guardo una relación de proximidad cultural y lingüística con este país y mis referentes estéticos se acercan a los franceses», concluye el cineasta, quien, pese a todo, sabe que España también le ha reservado «buenas acogidas».
Con un elenco en gran parte amateur, «Hermosa juventud» combina el metraje, íntegramente rodado en 16 milímetros, con material captado por los propios intérpretes en una alusión a una generación que se narra a sí misma mediante un ‘smartphone’: «Hoy todo el mundo fábrica imágenes».
«Conté con un puñado de actores profesionales, el resto no había actuado nunca. Pasaba tiempo con ellos y en ocasiones les filmaba», relata un Rosales quien sí atribuyó los roles protagonistas a los debutantes Ingrid García Jonsson y Carlos Rodríguez.
El suyo es un cine de francotirador que, pese al actual estado de la industria, puede y debe hacerse a partir de «astucias y concesiones», que se resuelve «con lo que hay».
Por eso las cuestiones económicas no le «interesan tanto como las estéticas» y se define lejos de una producción española que, de sus autores a la crítica y el público, tal vez resulte «demasiado clásica», en exceso vinculada a la tradición norteamericana.
Al catalán, que se resiste a rodar en digital, le gusta referirse a «Matrix» como la gran película de su generación y, acto seguido, elaborar un podio de realizadores españoles con Buñuel, Almodóvar y Erice.
La de Rosales es así una «opción europea» que mira con interés a esa generación de nuevos autores que, según la expresión del crítico Carlos Losilla, rebasa el modelo industrial para trenzar un «impulso colectivo».
«Jonás Trueba me interesa más que Bayona», confirma el cineasta. Y de eso se trata, de hacer cine en las afueras del cine.
Por Carlos Abascal Peiró
