(dpa) – Walter Herrmann está viviendo una segunda juventud. A los 35 años, tras dos temporadas sin jugar de manera profesional y tras ocho años sin participar en la selección argentina de baloncesto, el actual alero del Flamengo de Brasil está disputando con éxito su segundo Mundial con la albiceleste.
Titular en los tres partidos que disputó su equipo en el certamen en España, Herrmann acumula 10,3 puntos y siete rebotes por encuentro, un rendimiento que nadie se podía imaginar hace dos años, cuando jugaba junto a sus amigos de toda la vida en el Unión Deportiva Chanta 4 Sarmiento, un club aficionado en el cual se había iniciado en su localidad natal, Venado Tuerto.
En aquel momento, sorprendió cuando aceptó una invitación para disputar dos encuentros con una selección armada de apuro para cumplir con un compromiso comercial y político entre los gobiernos de Argentina y Angola: 26 puntos (4-5 triples, 5-6 dobles y 4-6 libres), seis rebotes, tres recuperaciones y dos tapones fue su inesperado aporte en el primer compromiso.
La temporada pasada, Atenas de Córdoba, el equipo más veces campeón de la Liga argentina y donde Herrmann había brillado antes de partir al Fuenlabrada de España en 2002, lo convenció para que dejara de lado su retiro voluntario.
Y su regreso fue como si nunca se hubiese ido: la prensa especializada lo eligió el jugador más valioso (MVP) y lo incluyó en el quinteto ideal de la competencia. Ante Lanús completó un partido de ensueño con 49 puntos. Su rendimiento resultó tan convincente que Flamengo decidió ficharle con una oferta millonaria antes del inicio del Mundial de España.
Este presente contrasta con lo difícil que ha sido su trayectoria, siempre afectada por los durísimos trances personales que le ha tocado vivir.
El 18 de julio de 2003, el mismo día que se confirmó su traspaso al Unicaja de Málaga y mientras estaba concentrado con la selección argentina para disputar el Torneo Sudamericano de Montevideo, un hecho trágico le cambió la vida. Su madre Cristina, su pequeña hermana Bárbara y su novia Yanina fallecieron en un accidente de tránsito.
En ese momento dejó de lado el llamado de la selección y se recluyó un mes en España con Jorgelina, su otra hermana. «Teníamos dos opciones: o nos quedábamos tirados en la cama llorando toda la vida o decidíamos hacerle frente a esta tragedia y salir. Y juntos decidimos pelearla», contó tiempo después.
Al año siguiente, el baloncesto le dio revancha. Con 37 puntos (5-9 triples) y 11 rebotes, Herrmann lideró a Argentina para ganar como visitante la final del Sudamericano a Brasil. Pero en la noche de ese 18 de julio, justo en el primer aniversario del trágico accidente, su padre Héctor murió de un ataque cardíaco.
A pesar del nuevo golpe, el alero decidió participar de los Juegos Olímpicos de Atenas 2004 y tuvo gran influencia en las victorias de cuartos de final ante Grecia y en la semifinal ante Estados Unidos, pero no ingresó ni un segundo en la final ante Italia por decisión del entrenador Rubén Magnano, situación que aún no le perdonó.
A diez años de aquella medalla dorada, los campeones olímpicos fueron agasajados antes de un amistoso Argentina-Brasil disputado el mes pasado en Buenos Aires. Allí, el ex jugador de Charlotte Bobcats y Detroit Pistons en la NBA negó el saludo a su ex coach.
Tras aquel logro, Herrmann continuó luciendo en Málaga, donde conoció a Elena, la hija del podólogo del club que luego se convirtió en su esposa.
En 2006, en el Mundial de Japón, disputó su último torneo con la selección argentina y dio el salto a la NBA. Ya en 2009 regresó a España, para cerrar la primera etapa de su carrera en el Caja Laboral.
En su retorno a Argentina mantuvo un perfil bajo. En su pueblo y con sus amigos, se mantenía en forma jugando de manera amateur. Hasta que decidió darse una nueva oportunidad en el baloncesto y vivir una segunda juventud.
Por Ariel Greco
