Madrid, 20 may (EFE).- Con el potente magnetismo de siempre, con su risa lobuna de jefe de la manada, El Cordobés, el mismo Manuel Benítez que movió a las masas durante sus años en el ruedo, volvió a poner el simbólico cartel de «no hay billetes» en el homenaje que se le tributó hoy en la plaza de toros de Las Ventas.
Se cumplían exactamente cincuenta años de su confirmación de alternativa en la primera plaza del mundo, de la histórica efeméride de aquella tarde de mayo del 64 cuande toda España se paralizó ante las pantallas de televisión, las de casa y las de las tiendas, para presenciar una retransmisión cuya audiencia se calculó en torno a los veinte millones de personas.
Y el Centro de Asuntos Taurinos de la Comunidad de Madrid, atendiendo la solicitud de la Asociación Juvenil Taurina, quiso rendir homenaje a aquel fenómeno social de la España del desarrollismo desvelando un azulejo en recuerdo de la efeméride en los pasillo de Las Ventas, la «cátedra» que vio salir a hombros hasta en ocho ocasiones a aquel que fue para muchos un hereje de la tauromaquia.
El Cordobés llegó el primero, acompañado de Martina, su mujer, y de su hijo Julio, también matador de toros. Y mientras esperaba a los políticos, se dedicó a repartir por doquier risotadas, palmadas y abrazos ante los cientos de personas que se le volvieron a acercar imantadas por su desbordante personalidad y que gastaron las batería de sus móviles haciéndose fotografías con el mito.
A sus casi ochenta años, con las greñas en blanco y con una corbata negra aflojada alrededor de su cuello de eterno jornalero, «el Benítez» se hizo el amo de una reunión que dejó pequeña la abarrotada Sala Bienvenida de Las Ventas, hasta el punto de que varios cientos de curiosos tuvieron que seguir el homenaje a través de las pantallas instaladas en el exterior.
Antes de los discursos, El Cordobés descubrió la placa conmemorativa y, exultante de felicidad, con la misma naturalidad expansiva e irreverente de siempre, se dedicó a palmear la cerámica en la que figura el lema del homenaje.
«La Comunidad de Madrid a Manuel Benítez «El Cordobés» en el 50 aniversario de su confirmación de alternativa, acontecimiento de la historia del toreo y de la España de los años sesenta».
El día había amanecido nublado en Madrid, como aquel 20 de mayo de hace cinco décadas, cuando Benítez, que actuaba por primera vez en Las Ventas, cayó sobre el barrizal herido de gravedad por «Impulsivo», el toro de Benítez Cubero del que se le concedió una oreja sin que llegara siquiera a entrarle a matar.
Pero la luz ambiental la puso la radiante personalidad de un personaje singular, icóno de una década que, cincuenta años después volvió a abrazarse, ya sin ritual, sino con una profunda y melancólica emoción, a otro héroe octogeniario: Pedro Martínez «Pedrés», el padrino torero de aquella ceremonia de confirmación que marcó la historia del toreo moderno.
El calor humano que rodeó a Manuel Benítez durante todo el acto se reflejó también en las palabras de quienes subieron al estrado, como Gonzalo, nieto del gran Antonio Bienvenida y de quien partió la iniciativa de la celebración del homenaje.
Habló también Ignacio González, el presidente de la Comunidad de Madrid, que dijo que El Cordobés -«una de las más grandes leyendas que ha dado España»- es «el máximo exponente» de ese dicho de «genio y figura hasta la sepultura».
«Nos vendría bien tener varios Cordobeses en estos momentos de crisis, porque es un gran ejemplo de superación»», consideró González.
Y, rodeado de compañeros de su época -como Andrés Hernando o Manolo Lozano- y de taurinos y aficionados de todas las edades, por fin habló Benítez, con su acento cerrado de astuto campesino cordobés, con su expresiva gestualidad de mimo febril, para recordar unas cuantas anécdotas desordenadas y varios pasajes de su azarosa huida de la miseria.
Se acordó El Cordobés de sus duros días de trabajo en los andamios de Madrid y de sus gélidas estancias en varias cárceles por tirarse de espontáneo -«y eso que no robaba como ahora hacen otros»-. Y por todo eso, por que ahora es «un hombre feliz», dio las gracias «a todos los madrileños, a la prensa, a los matadores, a los banderilleros, los picadores, los ganaderos…»
«Porque esta placa es de todos y la comparto con todos, hasta con los políticos y los policías -añadió- porque todos están dentro de la plaza, y en la plaza somos una familia».
Y después de gozar frente al micrófono y de desear «que Dios os de a todos mucha salud», aún quiso El Cordonés hacer alarde de la suya y de su eterna flexibilidad con una forzada postura gimnástica que nunca podría soñar cualquier otro octogenario. Genio y figura, así pasen cincuenta años.
Paco Aguado
