Las cajas de Navidad llevan un año en el trastero y nadie recuerda bien qué hay dentro. Subir ahora a revisarlas con calma ahorra prisas, compras repetidas y más de un disgusto.

Hay un momento del año en el que conviene subir al trastero, y no es la víspera de montar el árbol. Es ahora, cuando todavía queda margen y no hay prisas, y cualquier descubrimiento, bueno o malo, tiene solución sin carreras de última hora. Las cajas de Navidad suelen pasar once meses cerradas, y con el tiempo se olvida qué hay dentro, en qué estado quedó cada cosa y qué se rompió al recoger.
Revisarlas con calma tiene una ventaja práctica evidente. Permite saber con qué se cuenta antes de entrar en una tienda, evita comprar por tercera vez la misma guirnalda que ya estaba guardada y da tiempo a pensar qué se quiere hacer este año. Pero además es una tarea que, sin buscarlo, acaba siendo bastante más que una revisión de cajas.
Las cajas que guardan recuerdos
Pocas cosas tienen tanta memoria como los adornos navideños. La bola que se compró en un viaje, la estrella de cartón que hizo un hijo en el colegio, el belén que perteneció a los abuelos, la tira de luces que se estrenó en el primer piso compartido. Al abrir las cajas aparecen también los años vividos, las casas en las que se ha estado y las personas que se reunían alrededor de aquel árbol.
Por eso merece la pena hacer esta tarea sin prisas y, si se puede, acompañado. Es una buena excusa para que los niños conozcan la historia de ciertos objetos o para recordar en pareja aquella Navidad en la que todo salió al revés. Esos adornos, aunque estén algo gastados, suelen ser los que más sentido dan a la decoración. No compiten con nada nuevo; simplemente, son de la familia.
En algunas casas se aprovecha este momento para dejar dentro de cada caja una pequeña nota con el año y algo de lo que se vivió aquellas fiestas. Al abrirla doce meses después, es casi como releer un diario. Es un gesto mínimo, que no cuesta nada y que con el tiempo convierte una caja de adornos en un pedazo de historia familiar.
Un inventario para decorar con sentido
Con todo a la vista, llega el momento de separar. Hay piezas que se seguirán usando sin discusión, otras que necesitan un pequeño arreglo y otras que ya han cumplido. Las luces que fallan a medias o tienen el cable deteriorado es mejor retirarlas, y los adornos rotos sin arreglo posible solo ocupan espacio. Lo que esté en buen estado pero ya no encaje en casa puede encontrar una segunda vida en manos de otra familia, una asociación del barrio o un colegio.
Hacer un pequeño inventario, aunque sea en una hoja o en una nota del móvil, ayuda mucho. Saber cuántas tiras de luces funcionan, qué colores predominan o cuántos adornos hay para el árbol permite planificar sin improvisar. Y es ahí donde aparecen las alternativas. Quizá la casa ha cambiado y hay un mueble nuevo o una pared libre que antes no existía. Quizá la familia ha crecido y los niños quieren participar más, o el piso es más pequeño y ya no tiene sentido el árbol grande de otros años. La decoración navideña funciona mejor cuando se adapta a la casa y a quienes viven en ella, no cuando se repite por inercia. A veces basta con recolocar lo que ya se tiene, combinarlo de otra manera o completarlo con elementos naturales, como ramas, piñas o naranjas secas, para que todo parezca nuevo.
Limpiar con mimo lo que vuelve a salir
Un año en el trastero deja huella. El polvo, la humedad y los cambios de temperatura afectan a los adornos más de lo que parece, y buena parte del aspecto apagado de una decoración se debe simplemente a la suciedad acumulada.
Cada material pide su trato. Las bolas de cristal y las figuras delicadas agradecen un paño suave y seco, sin frotar con fuerza para no levantar la pintura ni la purpurina. Las piezas de madera y las figuras del belén se limpian mejor con una brocha o un pincel que llegue a los rincones. Los textiles, como los calcetines navideños o los caminos de mesa, pueden necesitar un lavado suave y un buen secado antes de volver a usarse. Y si las cajas están húmedas o deformadas, conviene sustituirlas por otras en buen estado, porque serán las que protejan todo cuando llegue enero.
Dedicar una tarde a esta tarea cambia por completo la forma de afrontar las fiestas. Cuando llegue el día de decorar, todo estará limpio, revisado y pensado. Y lo que salga de esas cajas tendrá, además del brillo, toda su historia intacta.
